14/9/11

El mejor cumplió un sueño

Faltaba menos de dos meses para el Preolímpico de Las Vegas 2007 y sabíamos que muchos de nuestros jugadores más importantes no iban a poder estar. El panorama estaba complicado, porque sólo dos equipos clasificarían a Beijing y Estados Unidos tenía que ganarse un lugar con sus figuras. Sergio Hernández, el técnico en ese momento, me llamó por teléfono y, entre otras cosas, me dijo: "Vas a ser mi capitán".

Por ahí él ni se acuerde de ese momento, pero para mí fue muy importante en mi carrera. Instantáneamente me imaginé levantando una copa con la Selección y desde ese día siempre fantaseé con eso. Pero no es fácil salir campeón y menos internacionalmente.

Y justo cuando pensé que no se me iba a dar, pasó lo que pasó el domingo en Mar del Plata. Ser capitán es importante, pero en este equipo la verdad que no tanto: hay muchos capitanes y líderes positivos. Cualquiera podría serlo y no habría diferencia.

Cuando empezó el Preolímpico dije que no sentía que fuera especial y tampoco sentía que íbamos a tener mayor presión por ganar. Lo dije sinceramente, lo creía de esa manera, pero me equivoqué. Tuvimos presión, probablemente la que nos pusimos nosotros mismos o la que nos provocaban las ganas de jugar otro Juego Olímpico o de salir campeón. La realidad es que se sintió tanto en la semifinal como en la final.

No era fácil jugar y, para colmo, tanto Puerto Rico como Brasil jugaron increíblemente bien y fueron rivales dignísimos. En la siesta, antes del partido contra Puerto Rico, me costaba dormir, pero como Manu, mi compañero de habitación, estaba durmiendo, trataba de disimular mi inquietud lo más que podía. Lo que yo no sabía era que a él le estaba pasando lo mismo. Estuvimos una hora dando vueltas hasta que en un momento nos dimos por vencidos y charlamos. Al día siguiente, antes de la final pasó lo mismo, sólo que esta vez no tuvimos que esperar tanto. Al ratito levanté la vista y lo vi totalmente despierto. Largamos una carcajada.

La tensión hacía imposible cualquier intento por dormir. Jugar en casa es otra cosa. Fueron muchas emociones. Toda mi familia y mis amigos estaban en la cancha y no fue lo mismo. Compartirlo con ellos fue único. Mi hijo Tomás, de 4 años, me vino a abrazar y entre besos y abrazos me gritó: "¡Ganamos, papi, somos campeones!". Y cuando le voy a contestar me aclaró: "Vos también ganaste, eh". Ellos sienten esto como propio y eso lo hace muy especial.

Lo del público fue impresionante. Nunca viví un ambiente así en mi carrera. Se pudo armar un evento de primer nivel mundial, donde la gente disfrutó en familia, civilizadamente. Salió todo redondo. Ojalá podamos seguir organizando este tipo de eventos.

No fue tampoco un torneo normal para mí porque la operación de rodilla que me hice el 14 de abril me generó algunas dudas. Siempre supe que la rodilla iba a llegar bien. La duda mayor surgía de cuánto iba a poder entrenarme y en qué forma iba a llegar. Una semana antes de la primera práctica, Julio Lamas me armó una para que fuera probando y agarrando ritmo. La cara de Julio después de verme correr era un poema. En ese momento no me lo reconoció, supongo que para no hundirme, pero no hacía falta: yo sabía que tenía mucho trabajo por hacer.

Después de la final del Preolímpico, Iván Najnudel, su asistente, me reconoció que lo había visto complicado y mis compañeros me confesaron que los primeros días veían negro que pudiera dar una mano. Yo no era tan pesimista. Siempre que pierdo la forma doy una sensación bastante mala, pero de a poco voy tomando color y suelo llegar bien a los torneos. La diferencia es que esta vez me faltaron un par de semanas antes de la concentración y son las semanas que habitualmente uso para llegar bien al primer día.

Por esto creo que me costó un poco en el comienzo, pero por suerte el rendimiento del equipo me ayudó, porque me permitió usar la primera semana para terminar de ponerme a punto y ya la segunda semana sentirme mucho mejor. Al final llegué; costó un poco pero valió la pena. Levantar la copa ya no va a ser una fantasía en mi cabeza, sino un recuerdo que nunca me voy a olvidar. ¡Muchas gracias, Mar del Plata!
Fuente: Scola 4

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